Urkupiña reúne las condiciones para aspirar a Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad
La imagen de la Virgen de Urkupiña durante la procesión después de la misa central. Foto: El Eje
Por Walter Gonzales Valdivia/EL EJE
La Festividad de Urkupiña, una de las manifestaciones religiosas, culturales y populares de mayor convocatoria de Bolivia, reúne elementos históricos, rituales, comunitarios y simbólicos que respaldan su aspiración de alcanzar reconocimiento internacional como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, según investigadores y estudiosos vinculados al proceso de documentación de esta celebración.
La fortaleza de Urkupiña no radica únicamente en la multitudinaria Entrada Folklórica ni en la celebración religiosa del 15 de agosto. Su verdadero valor patrimonial se encuentra en un complejo sistema de fe, reciprocidad, peregrinación, ritualidad andina, organización comunitaria, música, danza, tradición oral y transmisión intergeneracional, expresiones que durante siglos se fueron encontrando hasta configurar una festividad con identidad propia.
Precisamente ese carácter vivo y comunitario permite analizar la festividad dentro de los principios de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003 de la UNESCO, instrumento internacional que reconoce como patrimonio inmaterial aquellos usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las propias comunidades identifican como parte integrante de su patrimonio cultural.
URKUPIÑA: MUCHO MÁS QUE UNA FIESTA RELIGIOSA
Uno de los principales argumentos de la postulación es el profundo sincretismo cultural y religioso presente en Urkupiña. La celebración católica dedicada a la Virgen convive con prácticas de raíz andina vinculadas a la reciprocidad, la fertilidad, la tierra y la relación simbólica entre los devotos y el Calvario de Cota.
La Convención de 2003 identifica, entre los ámbitos del patrimonio cultural inmaterial, las tradiciones y expresiones orales, las artes del espectáculo, los usos sociales, rituales y actos festivos, los conocimientos relacionados con la naturaleza y las técnicas artesanales tradicionales.
Urkupiña reúne varias de estas dimensiones simultáneamente. Están presentes en las danzas y músicas transmitidas entre generaciones; en la organización de fraternidades y pasantes; en la peregrinación; en los rituales desarrollados en el Calvario; en las prácticas de reciprocidad de dar, recibir y devolver; y en las múltiples expresiones culturales que acompañan la devoción mariana.
Pero una eventual inscripción internacional implica también responsabilidades. La UNESCO entiende la salvaguardia como un conjunto de acciones destinadas a garantizar la continuidad del patrimonio mediante su identificación, documentación, investigación, preservación, protección, promoción, valorización, transmisión y revitalización.
Por ello, el desafío no consiste únicamente en demostrar la antigüedad o multitudinaria convocatoria de Urkupiña, sino en acreditar que sus comunidades portadoras participan activamente en la identificación, transmisión y protección de esta tradición.
RAÍCES ANDINAS QUE ANTECEDEN A LA CELEBRACIÓN ACTUAL
La investigación histórica permite remontarse mucho antes de la configuración contemporánea de la festividad.
Durante la expansión incaica, los valles cochabambinos tuvieron una importancia estratégica para la producción agrícola, particularmente del maíz. Bajo el gobierno de Huayna Cápac, grandes grupos poblacionales o mitimaes fueron trasladados hacia diferentes zonas del imperio como parte de una política destinada a reorganizar territorios y fortalecer la producción.
Investigadores como Teresa Gisbert y Tristan Platt abordaron la importancia que adquirió Cochabamba dentro de esa organización económica y territorial del mundo andino.
Este antecedente resulta relevante porque permite comprender que el territorio donde siglos después se consolidaría Quillacollo ya estaba vinculado con sistemas culturales, productivos y rituales anteriores a la colonización española.
Con la llegada del cristianismo se produciría un proceso de transformación, superposición y resignificación de aquellos espacios y prácticas.
SAN ILDEFONSO Y LA TRANSFORMACIÓN DEL ESPACIO SAGRADO
El antiguo Valle Grande de San Ildefonso, como fue conocido Quillacollo desde la organización eclesiástica colonial, constituye otro elemento fundamental para reconstruir la historia de Urkupiña.
Según antecedentes atribuidos al archivista histórico Luis Cortés Moreira, el curato de San Ildefonso habría sido establecido entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII por religiosos agustinos y franciscanos.
La posterior construcción del templo consolidó la presencia católica en un territorio donde previamente existían espacios vinculados con prácticas rituales andinas.
De ese encuentro histórico surgiría paulatinamente una nueva realidad religiosa. La celebración cristiana de la Asunción de la Virgen María, cada 15 de agosto, terminó vinculándose con antiguas concepciones andinas sobre la tierra, la abundancia y la reciprocidad.
Este proceso ayuda a explicar una de las particularidades más profundas de Urkupiña: lo católico y lo andino no aparecen simplemente como expresiones separadas, sino como componentes que fueron interactuando históricamente hasta configurar una manifestación cultural singular.
EL CALVARIO, CORAZÓN DE LA RECIPROCIDAD
Si existe un lugar donde ese encuentro puede observarse con especial intensidad es el Calvario de Cota.
Miles de peregrinos llegan hasta este espacio después de participar de las celebraciones centrales. Allí permanece una de las prácticas más características de Urkupiña: la extracción simbólica de piedras como representación de préstamos, deseos o bienes solicitados a la Virgen, acompañada por el compromiso de regresar posteriormente para agradecer y devolver.
El rito expresa precisamente el principio de reciprocidad: dar, recibir y devolver, uno de los componentes fundamentales para comprender la particularidad cultural de la festividad.
A ello se suman otras manifestaciones populares, religiosas y comunitarias que convierten al Calvario en un espacio donde espiritualidad católica y cosmovisión andina adquieren una expresión propia.
La figura del pasante o preste también conserva elementos relacionados con antiguas formas comunitarias de prestigio, responsabilidad y redistribución, posteriormente incorporadas a la organización de las celebraciones religiosas.
UNA DEVOCIÓN QUE CRUZÓ LAS FRONTERAS DE BOLIVIA
Otro elemento que distingue a Urkupiña es su extraordinaria capacidad de expansión.
La devoción dejó hace décadas de estar circunscrita a Quillacollo y Cochabamba. Comunidades bolivianas llevaron la imagen y las prácticas asociadas a la “Mamita” hacia distintos puntos del país y posteriormente al extranjero.
Actualmente existen expresiones de devoción a Urkupiña en países como Argentina, Brasil, Perú, Chile, Estados Unidos, España, Italia y otras naciones donde se asentaron comunidades bolivianas.
Esta expansión dio lugar incluso a una dimensión que merece mayor investigación: la identificación popular de Urkupiña como “Virgen de los Migrantes”.
Para numerosos bolivianos que viven fuera del país, reproducir la festividad constituye una manera de conservar vínculos familiares, culturales y espirituales con su lugar de origen. De esa forma, Urkupiña se convirtió también en vehículo de identidad para comunidades migrantes.
RECONOCIMIENTOS RESPALDAN SU VALOR PATRIMONIAL
La importancia histórica y cultural de la festividad ha motivado diferentes reconocimientos religiosos e institucionales a lo largo de las últimas décadas.
Entre los antecedentes mencionados en la documentación histórica figuran la proclamación de la Virgen como Patrona de Quillacollo en 1975; el reconocimiento del templete del Cerro de Cota como área de recogimiento espiritual; la condición de Santuario Arquidiocesano del templo de San Ildefonso; y la entronización de la Virgen en su altar mayor.
En el ámbito estatal y territorial se registran también disposiciones vinculadas con la protección del templo de San Ildefonso, el Cerro de Cota y la propia Festividad de Urkupiña, además de reconocimientos municipales, departamentales y nacionales que forman parte de los antecedentes acumulados para demostrar su importancia cultural.
Estos instrumentos, sin embargo, constituyen solamente una parte del proceso. Para una aspiración ante la UNESCO adquieren especial relevancia la participación de las comunidades portadoras, las medidas concretas de salvaguardia y la demostración de que el patrimonio continúa siendo transmitido y recreado de generación en generación.
DEL CERRO DE COTA A LA ERA DIGITAL
La transformación de Urkupiña durante las últimas décadas constituye otro fenómeno digno de estudio.
Desde la expansión de los medios masivos de comunicación en los años 90 hasta la actual era de las redes sociales, la festividad multiplicó exponencialmente su visibilidad. Lo que durante mucho tiempo fue estudiado principalmente desde perspectivas religiosas, antropológicas o sociológicas pasó a convertirse también en un fenómeno comunicacional y transnacional.
Fotografías, transmisiones en directo y contenidos digitales permiten hoy que un devoto situado a miles de kilómetros acompañe las celebraciones desarrolladas en Quillacollo.
Pero esa modernización plantea simultáneamente el desafío de evitar que la espectacularización o comercialización desplace a los verdaderos protagonistas y significados de la festividad.
SALVAGUARDAR URKUPIÑA PARA LAS FUTURAS GENERACIONES
La aspiración de alcanzar reconocimiento internacional representa, por tanto, mucho más que conseguir un título.
Implica investigar, documentar y proteger las prácticas que conforman Urkupiña; escuchar a devotos, fraternidades, comunidades, Iglesia, investigadores y demás portadores; preservar el Calvario y los espacios relacionados con la festividad; fortalecer la transmisión de conocimientos; y construir mecanismos que permitan mantener viva su esencia frente a las transformaciones sociales.
Urkupiña posee historia, ritualidad, música, danza, peregrinación, organización comunitaria, memoria colectiva, espiritualidad y una extraordinaria capacidad de integración.
Su mayor fortaleza, sin embargo, continúa estando en su gente.
Cada agosto, miles de personas vuelven a Quillacollo para bailar, peregrinar, agradecer, pedir y devolver. Allí se encuentra el patrimonio vivo que debe ser documentado y salvaguardado.
Desde sus raíces andinas hasta la devoción mariana contemporánea; desde el Calvario de Cota hasta las comunidades bolivianas dispersas por el mundo, Urkupiña ha construido durante generaciones una identidad propia. El desafío ahora es convertir esa riqueza histórica y cultural en una candidatura sólida, participativa y técnicamente sustentada que permita proyectarla ante el mundo sin perder aquello que la hizo única.
